sábado, 7 de diciembre de 2013

Año II Núm. 16 - Noviembre 2013

¿Justicia?

.  Aristarco Milton  .

Una cosa es lo que debo hacer, otra lo que quiero, lo que puedo o lo que tengo que hacer y no siempre coincide.
Decía el filósofo Platón, hace más de veinte siglos, que hay dos mundos: el de las ideas y el de la caverna. En el mundo de las ideas se hallan las ideas de belleza, verdad, justicia, la del bien, etc.; y en el mundo de las sombras, o el de la caverna, nos encontramos nosotros, cautivos y atados, que sólo podemos ver copias grotescas de la realidad, de aquellas ideas reflejadas en las paredes de la cueva. Cuántas veces hemos oído decir a alguien que había sufrido un dolor terrible provocado por algún individuo, un asesinato, una violación: "¡quiero que se aplique la justicia!” Y se le tranquiliza asegurando que el peso de la ley caerá sobre el culpable. Con el tiempo, emite el alto tribunal una condena en la que se interpreta "el espíritu de la Ley", e imparte justicia: ¿justicia? Rodeado de boato, este tribunal de togas inmaculadas nos recuerda a los cautivos que sólo ven la sombra de la justicia, la sombra de la verdad. Si fueran sinceros verdaderamente, si reflexionaran sobre el valor real de ese código legal que aplican, si no se justificaran grotescamente aunque con la inteligencia que les acompaña, afirmarían avergonzarse de sus actos y palabras y seguramente afirmarían que sus condenas ni se aproximan a lo que piensan en conciencia, aunque algunos de ellos, burdamente, son capaces de ocultarse tras la sentencia en la tosca valoración de su código legal que en ocasiones juzga y condena a aquellos, aquellas, que no cumplen con sus planteamientos religiosos o ideológicos sostenidos sobre sus" libritos".
No es justo que un acto sea considerado por una ley de una manera y en otras ocasiones de forma completamente distinta. Las leyes cambian permanentemente en un sentido y en otro y las cambian y las imponen los cautivos, los jueces, los hombres, esclavos de sus sombras. Un acto condena a una pena en un momento dado y el mismo acto es condenado de otra manera completamente distinta. Unos reos entran en un tribunal con respeto, con miedo; otros se mofan de los jueces, les chillan, les insultan, a sabiendas de que poco les harán, la ignominia del que sabe que las leyes atenderán sus supuestos derechos aunque sus manos chorreen sangre y dolor. Tienen buenos abogados y además, dan miedo. ¿Leyes Justas? ¿Derechos humanos? ¿Cuáles? ¿Los de todos o los de algunos? El juez afirma cumplir con su deber como tribunal y sentirse tranquilo. En ocasiones reflexionamos sobre la conducta de aquellos héroes de las películas del oeste en las que el protagonista cumple con su cometido moral sacando la pistola para enfrentarse al asesino. Es un discurso simple, limpio, pero lleno de contenido. Un asesino, un violador, no pueden jugar con la vida de los demás, con la integridad de los otros, y su delito quedar impune. Leyes que imponen que los reyes vivan sin hacer nada, con un sueldazo por el simple hecho de haber salido del abdomen de una señora que tampoco ha trabajado en su vida atendiendo a una propuesta legal medieval, rodeados de parafernalia mientras que otros solicitan una ley que les permita comer. Leyes que justifican que unos puedan robar ingentes sumas de dinero y se dirijan al parlamento a explicar sus fechorías mientras que otros están encarcelados por vender productos que en algunos países son legales. Leyes que permiten que abogados defiendan a monstruos con gran elocuencia mientras que otros disponen de un inepto para su defensa. Leyes que son juradas por unos que las incumplen y que se mofan de ellas en su beneficio, llámense "Mas" o menos o igual. Leyes que obligan a unos a pagar unas cantidades que otros usan para sus aperitivos, y cuando aquellos lo denuncian son considerados demagogos. Leyes que son interpretadas por el que tiene poder en su beneficio. Leyes que mantienen cautiva a la mitad de la población porque tiene un abdomen distinto, leyes que mantienen la doble moral como estandarte de la legalidad. Leyes que dicen que lo que hoy es justo mañana no lo será y pasado sí. Leyes que no se cumplen por el que   tiene autoridad y  es aforado y si hay que juzgarle, lo hace alguien que está en ese puesto porque ellos mismos le han nombrado. Leyes que atenazan y tienen cautiva la verdad y la justicia. Esto es una caverna fría y oscura
¡Qué razón tenía aquel viejo filósofo ateniense!

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La hora del café

. Miss Marple .

- Estamos llenos de compromisos e imposiciones. Me fastidia tener que hacer algo solo porque lo hace todo el mundo, o porque siempre se ha hecho así. Y si no lo haces o te sales de la norma, parece que estás haciendo algo malo.
- ¿A qué te refieres?
- Por ejemplo, tener que llevar flores el día 1 de noviembre, día de los difuntos, a los cementerios. Cuando, si lo sientes o lo necesitas, puedes hacerlo cualquier otro día del año.
- Mujer, es una tradición.
- Pues a mí no me gusta esta tradición. He ido al cementerio y, lo que me imaginaba, parece una competición a ver quién lleva más y mejores flores. He visto alguna tumba que había desaparecido en un mar de ramos. Afortunadamente, las que menos. No quiero pensar el dineral que debe costar semejante ostentación. Otras, sin embargo, eran bastante sencillas.
- Pues si no te gusta, ¿por qué has ido al cementerio?
- Pues de eso me quejo, porque no es tan fácil evitarlo. Está la familia y, claro, ellos, como tantas otras personas, hacen lo que la Santa Madre Iglesia dice que hay que hacer, y eso, a mí, es que me llevan los demonios. Total, por no darle un disgusto a la familia, allí estoy yo, una más en el redil.
- ¡Qué rebelde eres! Yo creo que es una tradición bonita llevar flores a tus seres queridos.
- La cuestión es que yo considero que allí no están mis seres queridos, ellos están y siempre estarán conmigo.
 
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Acerca de la utopía

. Régulo .

La utopía se define como proyecto, doctrina o sistema optimista que aparece como irrealizable en el momento de su formulación.
Recientemente se ha vuelto a utilizar este concepto por algunos comentaristas, a favor o en contra, acerca de su utilidad como posible motor de las ideas políticas y de la crítica social.
El rechazo del pensamiento utópico parte del análisis histórico. Las ideologías totalitarias han demostrado inequívocamente que las doctrinas utópicas comienzan siendo inocentes y terminan siendo demoledoras.
¿Puede aportar beneficios al actual estado de cosas una nueva mirada utópica sobre la sociedad?
Desde luego, la nueva utopía no podría basarse en ese mínimo ético que nadie puede no querer: combatir la pobreza, la violencia, cuidar el medio ambiente…
La crisis de las ideologías ha traído consigo una merma del sentido crítico real, una cierta imposibilidad de pensar más allá de la mera situación individual, y esto a pesar de que las opiniones críticas y las conductas transgresoras resultan algo normal. Se ha consolidado el compromiso crítico como forma de consumo.
En el origen de muchos estereotipos contestatarios no hay otra cosa que falta de reflexión y profundidad. Los sistemas se benefician así del adormecimiento del pensamiento crítico colectivo. El propio poder y los medios de comunicación alimentan la inquietud de la sociedad, una desviación controlada, propiciando así una disposición al conformismo. Nada hay mejor para neutralizar una rebelión desde el poder que ponerse de su parte. 


Pero volvamos a la utopía. Es algo propio del ser humano la capacidad de buscar e inventar alternativas, de encontrar otra manera de hacer las cosas, de conformar la sociedad para la solución de los problemas. El convencimiento de que es posible una mejor organización de la sociedad forma parte de las condiciones mismas de una sociedad democrática.
Ahora bien, las utopías no son deseos, sino situaciones en las que ha de poderse vivir en una sociedad en la que habrá diferencias de opinión, de valores y de conflictos de intereses. Una buena utopía política, con independencia de cómo se vayan a desarrollar los acontecimientos futuros, debe proporcionar motivos para una esperanza racional en el mejoramiento global de la vida humana. En la medida en que llaman la atención sobre posibilidades remotas, sacan a la luz posibilidades reales de cambio. La anticipación utópica ha de ser la ponderación de posibles futuros.
La reflexión utópica es irrenunciable para el pensamiento político y social. Su principal objetivo debería ser clarificar lo que podríamos alcanzar razonablemente. Nos debe ayudar a concretar lo que podemos exigirnos unos a otros como miembros de comunidades globales y locales.
Impulsar la acción colectiva y generar ideales y objetivos nobles que satisfagan las necesidades sociales de libertad y de progreso debería entenderse como un flujo de los ciudadanos hacia el poder. La honradez de cada planteamiento individual debe partir inexcusablemente de la aceptación de opiniones ajenas y de una autocrítica que elimine tensiones sociales y enconos, las más de las veces meros productos mediáticos encaminados a trivializar y banalizar la crítica social. 

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Cultura inducida: arma arrojadiza

. Sergio Gras .

La cultura es inherente al ser humano: en cuanto se unen unas cuantas personas de forma asidua, con independencia de su número, se establecen hábitos, costumbres, intercambios de conocimientos y de percepciones. Estas relaciones sociales establecen entre sus miembros unas pautas de comportamiento convergentes que crean unos fuertes vínculos de pertenencia y lazos de interdependencia, dentro de un ambiente de confianza e intimidad. Así pues, se puede afirmar que la cultura surge de forma espontánea, en cuanto unos individuos se relacionan entre sí, y evoluciona del mismo modo que evolucionan los integrantes del grupo social. La cultura es, por consiguiente, la consecuencia natural de las relaciones humanas, y su expresión se realiza a través del pensamiento, del arte, de la literatura; en definitiva, de la creatividad humana.
También se dice que cultura es todo lo que una persona debe saber para actuar correctamente dentro de un grupo social. Aquí surgen dos posibilidades. La primera es que una persona nazca dentro del grupo social y, de un modo natural, se eduque con la cultura del mismo, es decir, con los conocimientos y percepciones que unen al grupo. La segunda posibilidad es que, desde una esfera de influencia interesada, generalmente de nivel superior, se vaya imponiendo unas costumbres y modas con el objetivo de manipular al grupo, creando una cultura inducida a base de autoridad, influencia o tentación de riqueza.
Observando nuestra historia, podemos comprobar muchos ejemplos de la utilización de la cultura como arma discriminatoria. En la Grecia clásica, el conocimiento y la cultura eran un derecho de todo ciudadano y se iniciaba desde la niñez con una educación esmerada y amplia. Posteriormente, los romanos asumieron el concepto de cultura de los griegos, pero defendiendo que una educación muy refinada y universal en las clases altas, y prácticamente inexistente en las clases bajas, acentuaría y garantizaría la separación de clases. Este planteamiento de utilizar la cultura para crear clases sociales alcanzó su culminación durante la Edad Media, y duró hasta la Revolución Francesa, momento en el que surgió un punto de inflexión y se volvió a concebir la educación como un derecho ciudadano de integración y no de discriminación social.
Otro claro ejemplo de manipulación de la cultura natural para crear barreras lo tenemos en las distintas religiones que siempre han convivido con el poder. Cómo es posible que si las religiones nacen todas del amor, y del amor al prójimo, hayan sido las mayores instigadoras de guerras en el mundo. A nadie le sorprende ya los términos de "guerra santa" o la denominación de "mártir" para un asesino enloquecido que se sacrifica a sí mismo para terminar con la mayor cantidad posible de vidas "enemigas" (de otra religión). Estas expresiones son tan chocantes como las utilizadas para justificar las invasiones de países por ejércitos enteros; por ejemplo, "tropas de paz" o "fuerzas pacificadoras".
Uno de los elementos que más unen y promueven una determinada cultura es, sin duda, el idioma. Como la cultura está basada en el intercambio de pensamientos entre personas de un mismo grupo social, la importancia de este factor es sencilla de entender. Aquí, de nuevo, la cultura inducida sobre la base de la diferencia idiomática se manipula con el fin de separar, en lugar de unir y enriquecer. 


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Un mundo casi feliz

. Javier Ruiz-Medrano Lucas .

Cuando George Orwell escribió su novela 1.984 hablaba de un ordenador central que regiría el destino de la humanidad y que la tendría sometida a una esclavitud y a un control exhaustivo. Debo confesar que yo esto siempre lo contemplé como que tras la instauración de una dictadura y por medio de la fuerza y el terror, el hombre sería sometido por otros hombres al control más riguroso y a la privación total de su libertad. Son multitud las novelas de ciencia-ficción que hablan de esto. Siempre aparece un estado represor que en aras de intereses oscuros somete a sus ciudadanos a vigilancia perpetua. El Gran Hermano cuadricula tu vida desde que naces hasta que mueres. Otra cosa distinta es lo propugnado por Aldus Huxley en su obra Un mundo feliz. Allí los ciudadanos, mediante manipulación genética, eran fabricados en varios  niveles de inteligencia de los que no podrían salir en toda su vida. La diferencia sobre el modelo de Orwell es obvia. Orwell habla de seres inteligentes y libres en su esencia sometidos por el poder; Huxley de seres ya programados para ser felices y no tener inquietudes ni aspiraciones.
No hace falta ser muy agudo para comprender, al cabo de los años, de qué modelo de humanidad estamos más cerca. Durante años pensé que la tiranía descrita por Orwell estaba más cerca de la naturaleza humana (siempre violenta). Las dictaduras europeas del siglo XX (Hitler, Mussolini, Franco) hacían prever que los poderosos seguirían apretando su zapato de hierro sobre las masas cada vez más eficazmente. Y no es que lo hayan dejado de hacer, que siguen haciéndolo, pero han optado por el sistema de Huxley. Me explico. Nos oprimen deleitándonos, algo así como hacía el profesor Cojonciano en las páginas del Jueves. Nos han  ido dotando poco a poco de artilugios tecnológicos de los cuales somos esclavos impenitentes. Internet y los teléfonos móviles son claro ejemplo de ello. Se pueden contar con los dedos de la mano los ciudadanos menores de cincuenta años que no hayan sucumbido al embrujo de Internet o a los cantos de sirena del teléfono móvil. Nadie en su sano juicio renunciaría hoy a estos dos avances de la civilización. Nadie, sin ser tachado de troglodita, renunciaría a mandar un e-mail o a recibir un WhatsApp. Y ese es el asunto. ¿Se han preguntado alguna vez dónde se guardan sus correos electrónicos o sus conversaciones por el móvil o sus chateos con unos y con otros? Lo que es cierto es que se guardan; bueno, no es que se guarden, es que están ahí para el que quiera echar mano de ellos. No me cabe la menor duda de que nuestras conversaciones son analizadas por distintos programas informáticos y depuradas con la pericia de un cirujano. No voy a entrar aquí en que poder llevar a cabo estos controles pueda ser beneficioso para la sociedad en la persecución de casos criminales, incluso en el desbaratamiento de planes terroristas o de tráfico de drogas. Voy al hecho. Nos vigilan. Mejor dicho, nos vigilamos nosotros solitos. Somos nosotros los que hablamos, los que damos nuestros datos, los que contamos nuestras intimidades y los que lisa y llanamente se lo ponemos en bandeja a todo el que quiera husmearnos.  Saben más de nosotros que nosotros mismos. Si algún día los chicos del poder sospechan de nuestra conducta, nuestra vida entera quedará al descubierto. Nos harán recordar hasta el primer e-mail que enviamos o la primera llamada que hicimos cuando nos regalaron aquel móvil. No estoy exagerando. El gobierno norteamericano ha estado espiando millones de llamadas en los últimos tiempos. Todas las que ha querido. Las de usted y las mías no tienen interés (de momento) pero todas se pueden espiar. Es algo así como si hace unos años alguien se hubiera dedicado a leer todas las cartas que pasaban por las oficinas de correos y además hubiera guardado una copia en una estantería. La tecnología permite escudriñarlo todo. La capacidad de almacenamiento de datos es casi infinita y la falta de privacidad es directamente proporcional a las ganas que tiene el prójimo de enterarse de nuestros asuntos. Pero no hay vuelta atrás. Aunque sabemos que podemos ser oídos por miles de orejas y leídos por miles de ojos no cejamos. No ha hecho falta que nos implantaran un chip para saber nuestros movimientos: nosotros hemos comprado ese chip (teléfono) y lo llevamos siempre encima. Somos un libro abierto para los que saben curiosear en el sistema que, no lo duden, cada vez serán más numerosos. Huxley tenía razón. Nos han sojuzgado por medio de la felicidad. Nosotros solitos nos vamos poniendo la cadena y vamos quedando atrapados en la red de la gigantesca araña. Pronto cualquiera lo sabrá todo de nosotros y la intimidad será cosa del pasado. Somos el "mundo feliz" en el que todo tenemos y en el que de todo carecemos. Pronto, si no lo somos ya, seremos un mundo virtual y viviremos la vida de manera virtual cargado cada uno con su "tablet", hablando con desconocidos e ignorando a las personas que pasan por nuestro lado. Miles de jóvenes (y no tan jóvenes) consumen miles de horas delante de pantallas alejadas de la realidad. Este es el "soma" que decía Huxley. No es una droga pero tiene todas sus características. Además nos sacan los cuartos. Nos cambian los modelos de los artilugios cada seis meses. Este hace esto, el otro hace otra virguería, otro tiene pantalla táctil, otro una cámara de tres mil megapíxeles, el de más allá no sé cúantas pulgadas de pantalla. ¡Qué felices que somos! Pero nos vigilan.

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Minas
antipersona

. Cristian Díaz.

Hace poco murieron en León seis mineros. Sí señor, murieron. Con ellos, seis familias quedaron destrozadas y dejaron el lamento de saber que no serán los últimos. Recuerdo que el año pasado coincidí en la piscina de Ciudad Universitaria con la "marea negra". Allí les di la mano y traté de animarles en su propósito. Reclamaban el derecho a poder mantener a sus familias y seguir desempeñando su oficio o que se les ofreciera una alternativa viable. Entonces se intentó desprestigiarlos y se dijo que la minería ya no era un trabajo tan duro, que cobraban un gran salario, que apenas había riesgos y que se jubilaban demasiado pronto. Ahora, aquellos se esconden como ratas. Niegan haber dicho o escrito algo semejante y lloran con "lágrimas de cocodrilo" estas muertes. Se han muerto seis mineros, ¿dónde está su demagogia ahora? Salgan de su escondite, afirmen que no es un trabajo peligroso. Díganmelo a la cara y me reiré de su ignorancia, la misma que compartimos por no haber bajado nunca a la mina. Es cierto que hay más trabajos de riesgo y que casi todos suponen un cierto peligro, pero no por ello los mineros están más seguros. No me confundo. No menosprecio al obrero que se sube a un andamio ni al transportista que conduce durante ocho horas o más por carreteras precarias. Ellos también necesitan protección y que las empresas inviertan en su seguridad. Pero no nos equivoquemos: en tiempos de crisis para la mayor parte de los empresarios la seguridad es poder contratar por mucho menos a trabajadores que no disponen de recursos para exigir sus derechos. Se desmonta la gran mentira de la seguridad social, de los derechos adquiridos y de la jubilación remunerada. El puzzle no encaja y las piezas les salen demasiado caras, mientras compran marcos de oro y diamantes a la banca. 

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De andar por casa

Nuestra intimidad

. Por A. Rodríguez .

Tengo la impresión de que no ha causado demasiado impacto en nuestra sociedad la noticia de que Estados Unidos mantenga oficinas de espionaje sin declarar en diversas ciudades europeas, claro que nuestro país bastante entretenido está ya con las informaciones que día a día saltan a la luz sobre las corruptelas que se traen entre manos nuestros gobernantes, las leyes que van aprobando y nos van acercando cada vez más a un estado de sitio y quién va a ganar el balón de oro.
Que el poder de los estados tenga la permeabilidad de irrumpir en el derecho a la intimidad de las personas me preocupa en gordo.  La intrusión realizada por el servicio de inteligencia estadounidense en la vida cotidiana de millones de españoles es un atentado al honor y la intimidad de las personas, a la libertad de pensamiento y de religión, a la imagen, a la inviolabilidad del domicilio, al secreto de las comunicaciones, a la libertad de expresión y de información, a la libertad de procreación y preferencia sexual, a la libertad de asociación; no solo se está quebrantando nuestra carta magna sino también la Declaración Universal de los Derechos Humanos aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas y otras tantas leyes internacionales.
Esta vulneración de derechos tan brutal no puede ser compatible con la democracia.  No me sirve la justificación de que todos los países lo hacen ni que las escuchas y recopilación de información sobre las llamadas telefónicas de la población permitan luchar de forma efectiva contra el terrorismo, es inaceptable que se transgredan nuestros derechos y que además no sea punible.
No sé cúal es la solución. Uno se siente absolutamente impotente para abordar un tema tan complejo, pero nuestros gobiernos sin duda deben poner todos los recursos necesarios para salvaguardar un tema tan complejo, aunque en el momento actual parece que les importa más legislar contra quienes ejercen su derecho de protestar o manifestarse por una creciente indignación.
Las leyes internacionales deberían tomar medidas para regular, controlar y penar a quien se entrometa de esta forma en nuestros domicilios. No podemos tolerar que los poderes públicos mangoneen a su libre albedrío en nuestra vida privada.
 
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Cásate y sé sumisa

. Regino Mármol .

Por supuesto ni lo  he leído ni tengo intención de hacerlo. Me refiero al libro que ha editado el Arzobispado de Granada con un título que echa para atrás cualquier intento de lectura. Y eso que ha sido el libro más vendido en la plataforma Amazon durante varias semanas, pero ni por esas. De momento me conformo con el título y haber profundizado un poco en las opiniones de algún crítico que otro.
Tengo que decir antes de soltar mi ácida opinión, que he encontrado varías críticas, más de las que me hubiera imaginado, que lo elevan a la categoría de manual imprescindible para los jóvenes que estén a las puertas de unirse en tan sagrado sacramento y de recomendada lectura para el resto del personal. Basta leer algunas de las cosas que han escrito en alabanza a tan sublime lectura: "El libro es genial, de principio a fin. Su lectura es muy amena, y francamente divertida. Pero ante todo es práctico, está aterrizado, y sirviéndose en muchas ocasiones del humor y de la ironía, hace un análisis certero de las situaciones que día a día se viven en la rutina de un matrimonio". El que lo ha escrito habla de un libro llamado "Cásate y se sumisa", lo que no tengo tan claro es a que tipo de relación matrimonial se refiere cuando se puede leer en sus páginas cosas del tipo: "Más que una pareja, una empresa", o "que la esposa mejor se quede en casa y en la cocina y que se esmere en ello", son solo algunas de las perlas destacadas del texto. Pero continúa: "Cuando se trata de la vida en pareja (…), tres pasos atrás. Y hay que hacerlo aun cuando no entiendas el motivo, aun cuando estés íntimamente convencida de tener razón". ¿No es para alucinar? Creo que la autora italiana y los del Arzobispado de Granada deberían mirárselo. Pero las hay mejores: "Si solo acoges aquello que es conforme a ti, aquello que tú piensas, no estás casada con un hombre, sino contigo misma. En lugar de hacer eso, debes someterte a él", y esta otra no tiene desperdicio: "La mortificación nos gusta porque es para alcanzar un bien mayor, y ese bien es acoger a tu marido, por consiguiente, engendrarte a ti misma".  La autora y los editores sí que son unos "engendros", pero de los grandes.
Ahora espero entiendan, por lo menos algunos, no todos, ya que para gustos los colores, que no tenga ninguna intención de perder el tiempo en leer tan burda mamarrachada totalmente anacrónica y más propia de la España oscura, sumisa y triste del nacional-catolicismo que consideraba a la mujer al servicio del hombre y un escalón social por debajo de este.
Pero estáis de suerte: no contentos con haber publicado el manual de la sumisión que debe la mujer a su hombre, el arzobispo de Granada Monseñor Martínez amenaza con sacar un nuevo título complementario de éste: "Cásate y da la vida por ella. Hombres de verdad para mujeres sin miedo", ahí queda eso. Me tiene perplejo la parte que dice "hombres de verdad"; miedo me da ponerlo en Google a ver qué sale. En cuanto a la parte "mujeres sin miedo", conozco a muchas y me alegra saber que cada vez son más las que entienden la vida y su relación de pareja como un acto libre y de igualdad. El nuevo libro, otra sandez.
 
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