lunes, 13 de enero de 2014

Inteligencia Innata vs Inteligencia Adquirida

En la última reunión del Ateneo de Libre Pensamiento de Navalcarnero uno de los temas a debatir, de hecho el único que ofreció un debate sustancioso, fue Inteligencia Adquirida o Inteligencia Innata, propuesta por Pilar.

El tema dió de sí, con sus habituales ramificaciones e incursiones en terrenos cercanos o no tan cercanos.

Hubo distintas definiciones y, aunque faltó nuestro ilustre Javi que habría puesto los puntos sobre las íes en lo que se refiere a concretar conceptos, nos atrevimos a significar conceptos como requisito previo.

En esa línea, María abrió brecha comentando que habría varios tipos de inteligencia. A saber, emocional, racional, matemática, social, etc, cada ser tendría más desarrollada una de éllas. Y apuntó, no sé si élla, otro ateneísta o mi creencia, que la clave del mayor rendimiento estaría en el ajuste entre nuestra mejor inteligencia y la actividad a desarrollar. (Vamos, simplificando mucho, zapatero a tus zapatos)

Ésto fue el viernes por la noche. El domingo, en ese momento entre dos mundos que supone el despertar, momento mágico que te permite éso: pensar. Pensar en lo que piensas, sin más, sin tener en cuenta la opinión vertida por los demás, sin limitación temporal, sin ruidos, ni interrupciones. Entonces aparecen nuevas visiones sobre temas diversos, presentes, pasados o futuros; y surgen aspectos que en otras circunstancias no habíamos ni constatado.

En ese despertar he tenido el recuerdo de mi paso durante no más de dos años por un pueblecito de Cuenca.

Allí tenía un compañero de clase, Javier, con el que alguna vez iba a su casa. Una casa de esas como la que el alcalde nos quiere enseñar para que conozcamos cómo vivían nuestros antepasados cercanos. Tenía dos hermanos, creo recordar. Uno de éllos estaba fuera estudiando en algún colegio interno.

El otro, Juan Carlos, no sé muy bien qué hacía; posiblemente estudiar en otro nivel superior ya que nos sacaba 2,3 o 4 años, o iba al instituto del pueblo cercano.

Y no sé cómo, pero acabé pasando más tiempo con Juan Carlos que con su hermano Javier y descubrí sabía infinidad de cosas del campo, la maquinaria y aperos agrícolas, usos del campo y temas relacionados con la naturaleza. Me enseñó a distinguir algunas plantas, la colleja que se comía en primavera, los tallos verdes de trigo, que primero eran silbatos y nos acabábamos merendando. Encontraba nidos en el suelo, entre campos cultivados y debajo de tomillos, en las ramas de los árboles y en los huecos de las tejas de los tejados del pueblo y de las casas de campo.

Recuerdo el susto que nos dio una lechuza cuando, tras haber subido por una pequeña pared de rocas, alcanzamos el nido y salió batiendo sus enormes alas sobre nosotros. No sé si saltamos o nos caímos pero los metros hasta el suelo los recorrimos por el aire. Pretendíamos ver los polluelos y suponíamos que no estaban los padres tras observar un rato desde lejos. Porque si algo estaba claro era que no se podía asustar a los animales en su época de cría, ni tocar sus nidos, huevos o crías "porque los aborrecen", me decía. Nos quedamos con el susto, con el golpe y sin ver las crías. Pero el espectáculo valió la pena y montamos en la bici para volver al pueblo.

Creo que alguna vez le pregunté por su hermano el del colegio y creo que él mismo también había ido a ese colegio pero no continuó. Yo me preguntaba cómo unos padres mandaban a uno a estudiar y al otro le dedicaban otro "destino"; tenía la impresión que Juan Carlos y toda la familia tenían a su otro hermano en un pedestal y me parecía algo, si no injusto, extraño.

Esta mañana las palabras del Ateneo y estos recuerdos se mezclaron en una perfecta armonía y dando sentido a aquella sensación mía de dureza o rudeza de unos padres "injustos" transformándola en sabiduría para ajustar la actividad de sus hijos a su mejor inteligencia. Derrochando cordura en un pequeño pueblo de la España profunda.

Al poco abandoné el pueblo para ir a un colegio interno y luego mi familia se trasladó a otro pueblo. No recuerdo más de Juan Carlos, ni de Javier, ni de su familia. Creo que habría sido un buen ingeniero agrónomo, zoólogo, etc pero un triste abogado, funcionario, etc y un feliz agricultor (no recuerdo su casa, familia, tractores y demás como precaria económicamente).

Y ésto es sólo una impresión particular, fruto de un despertar dominguero que no tiene que caer en la falacia de validar como exacto un todo por un solo ejemplo, que además estaría por confirmar.

Escrito por Luki, autor de varios blogs como
http://www.navalcarneroopina.blogspot.com
http://www.aparapordedesde.com
http://nomasreligiones.wordpress.com/

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