martes, 28 de diciembre de 2010

Wikkeleaks

Me pide Valeriano que publique este escrito en el blog, ya que por motivos técnicos no ha podido todavía incorporarse, y así lo hago.

Los poderes públicos y los ministerios de sanidad de los estados deben agradecer a Julien Assenge y Wikkeleaks luchar contra la paranoia que acecha al mundo moderno relegando al getto de la TV el fantasma del Gran Hermano. Basta leer las descripciones alucinantes de personajes públicos importantes que hacen los servicios diplomáticos de la mayor potencia del mundo para darnos cuenta de lo poco que les importa cómo son, por lo que consecuentemente importaremos muchísimo menos el resto de mortales. Ya extrañaba durante los últimos años del franquismo las advertencias que podía hacer cualquiera que hubiera terminado COU cuando te daba su número de teléfono: ¡Ten cuidado con lo que dices al llamarme porque se oye un ruido raro en el aparato y es posible que esté intervenido!. No se sabía para qué podían querer tanta información si luego todo se resolvía con carreras y palos. Décadas más tarde la información que se recoge en documentos oficiales o “secretos de estado” estadounidenses parece de ciencia ficción, como la que puede imaginar un representante de la embajada caminando por los frondosos jardines del palacio de la Moncloa que intuye la amenaza de un felino acechando para lanzarse sobre la yugular de Miami y desangrar al país más poderoso del mundo. O las anotaciones que hace el embajador con un ojo puesto en los Ferrero-Roché y otro en la parienta que departe sonriente entre Berlusconi y el Macho Alfa de la primera potencia nuclear. También podemos imaginar a la señora Clinton movilizando a sus servicios de inteligencia incrédula ante el mal gusto de los responsables de imagen de la Casa Rosada: la presidenta argentina no puede estar bien de la cabeza. Vamos que con la sutileza que se destila de tales descripciones cualquier reacción de estas personas tan relevantes en la política está prevista más que de sobra.

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